Todo me sabe a ti…

Es acabar el primer café de la mañana, y ya andas danzando por mi mirada, a tu antojo, desojando atardeceres.

Regreso a casa, y los pasillos dibujan tu aroma entre sombras y recuerdos…

Enciendo una luz, y aparece tu nombre desatando preocupaciones sobre la pared…

Abro cualquiera de las ventanas, y vuelvo a escuchar tu risa escaparse por los cierros de mi memoria…

Vives en mi piel. Te has quedado en ella. Formas parte de mi…

Y en estos momentos de mi vida, ya no tengo claro dónde acabo y dónde empiezas.

Jamás pensé que me dejaría arrastrar por la corriente de tus labios, por la catarata de tus nervios, por el vaivén de tu cintura cuando te alejas de mí para regresar a mi con la desnudez -la más deseada desnudez-, de tus intenciones.

Y es que todo me sabe a ti…
Y te encuentro en la ropa recién planchada, en el cajón de los calcetines, en la última ducha de la semana; en una canción que suena por la radio, en las páginas de cualquier libro acabado, en un paseo a media tarde por cualquier playa; en los trozos de fruta que compartíamos, en el limón que nunca querías al beber coca-cola, en las sabanas desenredadas y extasiadas por la batalla de amarte,…

A ti me saben los silencios, las arrugas, las interminables esperas. Me sabe todo y me sabrá la nada.

Así que no preguntes y quédate a mi lado. Necesito de ti para que todo, absolutamente todo, me siga sabiendo a ti.

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