Cádiz

Guardó su pequeño monedero tras pagar la cuenta de aquel primer café que se había tomado en pleno corazón de la ciudad deCádiz, y dejó que sus huellas fueran libres, tal y como le aconsejó la dueña de aquella coqueta cafetería que la tomó por la cintura y calmó su ansiedad entre terrones de azúcar.   

Dudando si tomar un camino u otro, se dejó arrastrar por el susurro de las callejuelas, por el rumor que se perdía por las plazas, por el murmullo que delataba que la vida se tornaba en sonrisas cuando las tristezas buscaban acomodo a la hora de almorzar. 

Sin darse cuenta, comenzó a respirar gracias a aquella luz que iba coloreando de sombras los tejados de aquel rincón del sur.

Comenzó a sosegarse gracias a aquellos vientos que iban danzando de puntillassobre los cordeles de las azoteas y que mantenían un idilio con las ropas mojadas mientras el sol les secaba las costuras.

Comenzó a serenarse, y a olvidarse del tiempo, ese que intuía que se estaba deteniendo sobre la costilla aun sin cicatrizar de un mar que en cada golpe de ola, dejaba anclado un beso de espuma y sal sobre la orilla de la playa.

Sintió tranquilidad al ver su rostro reflejado sobre los escaparates, al tropezarse entre la gente, al perderse por esquinas y rincones que siempre tenían un lienzo azul de vida como telón de fondo. 

Continuará…

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