En qué orilla

Meditabundo aunque sin melancolía presente se dispone este Rey Santo a perderse para encontrarse. Años, lustros, décadas, siglos acontecen el devenir en el reino y sempiternamente con la bendita costumbre de mimetizar con el medio, con los del medio, con el pueblo para no perder connotaciones y matices de la cohorte.

En mi ya característico deambular, con el cerebelo extraviado en dimes y diretes de cuestionable índole y rigor me acerco a ti, observote, pierdome con la mirada en la suave caminata que recorres, tomo asiento en el lime más fronterizo y este Rey Santo cuestionade acerca de la vital necesidad de mantenerse donde ubicase o bien cruzar y gozarte desde allá. Bendita casuística.

Dos limes, dos orillas de una única y verdadera y maravillosa realidad. Dualidad aferradas, unidas haciendo unicidad desde lo alto.

Este Rey se pregunta, sin alcanzar respuesta satisfactoria, si es mejor otear Triana desde Sevilla, o bien, cruzar la venerea carretera fluvial y admirar Sevilla desde el lime de alfareros y la soleá.

La Lole y el Manué lo tendrían cristalino. Sin embargo, Pepe Perejil y El Pali también se aferrarían a su verdad.

Dos verdades de un mística realidad que alcanza su cenit a la caída del Sol, con Selene clavada en las techumbres celestiales y con la luminosidad que la totalidad poseéis grabada a llamas en vuestro infinito coleccionable de postales imposibles de olvidar.

Sevilla, Triana y el Guadalquivir…

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