Cantando bajo la lluvia

Sentado en un improvisado trono real, en uno de los rincones que con más anhelo y recelo guardo para mis adentros, se haya este Rey Santo contemplando y gozando de ti.

Un pergamino y un vetusto lápiz roído por el lime superior apoyado en un denostado tablón que encontré por azar y dicha y me imaginé siendo Fred Astaire, con mi capa real, corona y chorreras al viento.

La soledad del momento la destrozaba cada rayo que iluminaba mis ideas, mis trazadas mientras canturreaba por lo bajini alguna de la infinidad de sevillanas de mi buen súbdito de Gines que ya nos abandonó.

Candela, Candela…. cómo cruje la Candela, cuando cantan los romeros, a la luz de las Estrellas, una Salve Rociera…

El Mani

Y ya está junto a su Virgen del Rocío…

Los pinreles se van solos mientras imaginaba cómo calaría el agua los ropajes reales de éste que manuscribe hasta que no pude ni quise evitar la eventualidad mágica de aquel momento; una farola fernandina, una avenida en soledad, la lluvia, mi enlutado canopeo y agarrándome con firmeza a la misma, tarareaba eso de…

Voy a sacar a bailar a la de los ojos verdes…

Los trazos me llevaban a una Avenida sola y encharcada y la lluvia calaba hondo en el improvisado y bohemio lienzo que pronto alcanzaba su final.

Negatividad ante la consideración de ser bailarín cualificado, pero sí atrevido, desafiante y amante de esas nocturnidad es donde el efecto que la cohorte conoce hace superlativo el sentir.

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