Cuando yo fui vacuna

Correteaban las fracciones horarias de la cuadragésima octava anualidad de la segunda centuria del segundo milenio cuando las tropas de arte de este Rey Santo administraron la medicina necesaria para salvar al reino.

Allá cuando la totalidad acontecía en la pérdida -Lobera en mano- y, despidiendo al otro reino a más seres humanos de los que hubiera anhelado, fui, fuimos vacuna ante la fatalidad que nos devoraba.

En la semana en la que acontecen rabiosas nuevas acerca de una próxima vacuna, este Rey Santo echa la vista al pretérito, al más vetusto y al más inmediato, allá donde oteábamos con sorna el mundo asiático y su constante utilidad enmascarada.

Así fue y así debe ser.

Este Rey Santo se despide aferrado a la Esperanza, esa que a intramuros nos espera y esconde la totalidad de su poder más allá de un Arco

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