Visita inesperada


Hacía tiempo que no me encontraba contigo, tiempo en el que he vivido sin esa espada de Damocles encima de mi dispersa cabeza. Hoy has vuelto y la verdad es que, pese a todo, no me ha molestado tu visita. Hasta podría decir que he notado cierto cosquilleo al sentir tu presencia.

Llevaba ya un largo tiempo en el que podía ir vaciando lo que pienso sin necesidad de exprimirme, sin esa presión del “no me sale nada”. Pero no todo es un camino de baldosas amarillas ni al final del túnel está el Sombrerero esperando con una taza descascarillada de té caliente.

En muchas ocasiones pasa esto, a veces ocurre con varios días de antelación y otras con escasas horas para que acabe el día. Y con el ocaso encima y la llegada del nuevo amanecer llamando a tu puerta, resulta que algo surge.  Algo que ni siquiera imaginabas, algo que seguramente no estaba en tu mente, pero que ella sola es capaz de ir sacando. Como tirando de un hilo de una bobina gigante, que rueda y rueda hasta caer por una escalera con una alfombra atrapada con costuras metálicas en los extremos.

Al final aparece, y aunque el conejo no pare de mirar su reloj ansioso por el retraso permanente, llega a tiempo aunque no lo esperaras.

Hoy has venido a verme y te he recibido de la mejor de las maneras, dándote las gracias por acudir cuando más te necesitaba.

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